Arboricidios como sacrificio de una modernidad distorsionada en plena era de ebullición
En el vocabulario demagógico de los políticos peruanos, la palabra modernidad está desgastada, desvirtuada y desfasada. Escucharla o leerla como parte de una promesa electoral o como justificación de una obra, produce un efecto contrario a la credibilidad; hace que se active una alerta de tsunami como una advertencia para estar atentos a cualquier desastre.
En la contemplación de estos politicastros la visión de modernidad está distorsionada, alejada de la realidad, o peor aún, adulterada. Significa cualquier cosa, menos un proceso de cambios y actualización que vaya hacia adelante, superando viejos problemas con soluciones eficaces en beneficio del bienestar de todos los habitantes de una comunidad.
Existe la narrativa de una modernidad tercermundista que se pavimenta con la construcción de malls, con luces inteligentes, con la toma de espacios públicos, como parques y plazuelas, en donde la belleza natural es vista como obsoleta, innecesaria y tiene que ser forzosamente reemplazada por cemento, porcelanato y mucho, mucho brillo digital. Es la modernidad tecnófila de quienes quieren borrar sus carencias personales viendo a la ciudad convertida en una smart city y ya no con la belleza tradicional que le dio su identidad, naturaleza e historia.
En nombre de esa distorsionada modernidad se están cometiendo nefastos arboricidios, justificados como “sacrificios necesarios”, para que el cartel en el que reza la frase institucional: “las molestias pasan, las obras quedan”, persuada al ciudadano desesperado e incómodo que no comprende cómo se le arrebata su ciudad de esta manera sorprendente.
En los días previos a fiestas patrias nos enteramos de que, en la norteña ciudad de Piura se ha contemplado la tala de más de 600 árboles, dentro de la obra de mejoramiento de la Av. Don Bosco (ex Circunvalación), entre los cuales se encuentran especies como: algarrobos, ficus y nin. Una barbaridad a todas luces. La obra, a cargo del Gobierno Regional, se suma a las cuestionadas: Parque de las Aguas (ejecutada por la Municipalidad de Piura) y a la de Mejoramiento del servicio de drenaje pluvial y pistas del centro histórico de Piura, que contempla la construcción de un estanque de tormentas debajo de la Plaza Tres Culturas, lo cual acabaría con la mitad de árboles longevos de una tradicional plaza de esta ciudad.
Con este nuevo capítulo, Piura se está convirtiendo en una de las ciudades que más tala indiscriminada de árboles en espacios urbanos comete en el Perú, generando daños irreversibles al medio ambiente y a la salud de sus pobladores. Parece que no se entiende que no hay plan de arborización urbana que garantice la continuidad de una comunidad de seres vivos que configuran importantes ecosistemas. Una vida longeva no se reemplaza con otras nuevas.
El 27 de julio del 2023, la ONU le notificó al planeta el ingreso a una nueva etapa en el proceso de cambio climático denominada: Era de ebullición, debido a que las temperaturas superaron valores históricos con efectos más extremos y perniciosos; esto, tras conocerse un informe de la Organización Meteorológica Mundial en el que se indicó que ese mes de julio, fue el más caluroso de los últimos 120 mil años.
Conociendo la velocidad con la que avanza este terrible escenario a nivel global, resulta inaceptable que las autoridades de Piura, una ciudad calurosa, procedan de esta manera irresponsable sin tener una mínima y elemental conciencia ecológica que apunte a una política ambiental que proteja el medio ambiente y promueva la sostenibilidad de la ciudad. Sorprende mucho que el Ministerio del Ambiente (MINAM) y el Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (SERFOR) no se pronuncien con rigor y actúen con mucha laxitud frente a estos ecocidios.
Gracias a colectivos ecologistas, a artistas, activistas y a ciudadanos piuranos conscientes y coherentes en el respeto y el valor del medio ambiente, es que se ha podido visibilizar esta atroz situación por la cual están protestando con plantones y marchas, lo cual les está valiendo el absurdo calificativo de opositores políticos por parte de estos funcionarios.
A los piuranos se le está despojando de una ciudad sin oxígeno natural, sin brisa y sin la sombra que sólo proporcionan las abundantes hojas y ramas de nuestros árboles. La Piura de antes lucía con una vegetación frondosa como se puede apreciar en las fotos de hace 30 o 40 años atrás. Ir a un parque en familia era una actividad saludable y reconfortante para todos, pero las diversas gestiones municipales y regionales que han ido pasando, han desprovisto a esta ciudad de su belleza natural en nombre de una modernidad mal entendida y reluctante a su esencia originaria.
Qué pasa con las autoridades de Piura que no pueden comprender algo tan elemental y es que las ciudades modernas de hoy en día, son aquellas que precisamente respetan un sano equilibrio entre el desarrollo urbano y la preservación de los ecosistemas. Ciudades modernas son aquellas que promueven la armonía entre un ciudadano y sus áreas verdes, porque una ciudad que progresa no atenta contra la naturaleza, no extirpa sus árboles, cuida sus ríos. Qué clase de profesionales son esos que hacen y aprueban expedientes con diseños urbanos sin una visión de entornos más sostenibles y saludables. Esta modernidad satinada que destruye tiene que parar. Piura no se merece una ciudad así.